Rainer Maria Rilke (1875-1926) Fue un poeta austriaco, autor de algunas de las obras poéticas claves del siglo xx, como lo son: Elegías de Duino (1923) y Los sonetos de Orfeo (1923); además son muy reconocidas sus cartas a un joven poeta (1936), publicadas de forma póstuma. Tal es la importancia, que incluso Heidegger, quizás el filósofo más importante del siglo xx, llegó a decir que la poesía de Rilke es lo que él quiso expresar en su propia filosofía.

Muere en 1926, y fue enterrado en Raron, comuna de Suiza. En su epitafio se puede leer lo siguiente:

Rosa, oh contradicción pura, deleite
de ser sueño de nadie bajo tantos
párpados”

Estaré subiendo las 10 Elegías de Duino, de dos en dos para que no resulte tan extenso ni apremiante a la vista. Espero les guste. Al final de la entrada les dejaré el link hacia las otras elegías.

 

 


La quinta elegía

Dedicada a Frau Hertha Koening

¿Pero quiénes son ellos, dime, los ambulantes, los que
son un poco más fugaces aún que nosotros mismos,
los urgentemente retorcidos, desde pequeños, por qué
-¿por amor de quién?- voluntad nunca satisfecha?
Pero ella los retuerce, los dobla, los entrelaza, los
hace girar, los arroja y los vuelve a atrapar;
como provenientes de un aire aceitado y más terso,
bajan a la alfombra desgastada, luida por su salto
perpetuo, a esta alfombra perdida en el universo.
Colocada como un parche, como si ahí el cielo
de los suburbios hubiese herido la tierra.
Y apenas ahí,
derecha, presente y revelada: la gran inicial
del Estar-Ahí…, pues incluso a los hombres

más fuertes los aplasta nuevamente, por broma, la mano
crispada siempre próxima, como a un plato de estaño
Augusto el Fuerte en la mesa.
Ay, y alrededor de este
centro, la rosa del espectáculo:
florece y se deshoja. Alrededor de este pisón,
este pistilo, reencontrado por su propio polvo florido,
para volver a fecundar el fruto aparente del tedio,
su tedio nunca consciente -reluciendo con la más
delgada superficie de ligera, aparente sonrisa.

Ahí, el marchito, arrugado levantador de pesos,
el viejo, el que ya nada más toca el tambor,
contraído dentro de su piel poderosa, como si antes
hubiera contenido dos hombres, y ya uno
yaciera ahora en el panteón, y él sobreviviera al otro,
sordo y a veces un poco
confundido en la piel viuda.

Pero el joven, el hombre, como si fuera el hijo
de un pescuezo y de una monja: tirante, relleno, tenso
de músculos y de simpleza.

Oh, ustedes,
a los que en otro tiempo, una pena, que era pequeña
todavía, los recibió, como juguete, en una
de sus largas convalecencias…

Tú, que caes con el golpe
que sólo las frutas conocen, verde todavía,
diariamente cientos de veces del árbol del movimiento
construido en común que, más rápido que el agua,
en escasos minutos tiene primavera, verano y otoño),
cae y golpea sobre la tumba;
algunas veces, a media pausa, quiere asomar en ti
un amable rostro para tu madre, rara vez tierna,
pero se pierde sobre tu cuerpo, que lo consume
en su superficie, el tímido gesto apenas intentado…
Y nuevamente el hombre da una palmada anunciando
el salto a tierra, y antes de que, en las cercanías
del corazón siempre encarrerado, se distinga en ti
claramente un dolor, le llega el ardor
de las plantas de los pies a él, su salto originario:
primero en ti, en los ojos, con un par de lágrimas
fugitivas, físicas. Y sin embargo, a ciegas,
la sonrisa…

¡Angel! Oh, tómala, arráncala, la hierba curativa,
florida y pequeña. Haz una vasija, ¡guárdala! Colócala
entre esos goces que todavía no están abiertos
para nosotros; en una urna hermosa alábala
con una inscripción elocuente y florida:
“Subrisio Saltat”
Entonces tú, preciosa,

tú, de los goces más excitantes
muda omisión. Quizás son
tus rizos dichosos para ti;
o sobre los jóvenes
pechos tensos, la seda verde, metálica,
se sienta interminablemente mimada y no le falta nada.
Tú,
colocada una y otra vez de modo diferente, sobre
todos los oscilantes platillos de la balanza,
fruta de la serenidad, llevada al mercado,
públicamente, entre los hombros.

¿Dónde, oh dónde está el lugar -lo llevo
en el corazón- donde ellos, ni de lejos, podían
desprenderse unos de otros, como encabalgándose,
no exactamente como animales apareados; donde los pesos
de la balanza todavía tienen gravidez, donde todavía,
de sus varas inútilmente oscilantes, los platillos
se tambalean…

Y de pronto, en este penoso ningún lado, de pronto,
el inefable sitio donde el puro demasiado-poco
incomprensiblemente se transforma, trocándose
en ese vacío demasiado-mucho.
Donde la cifra de muchos números
se queda sin ninguno.

Plazas, oh plaza en París, teatro interminable,
donde la modista, Madame Lamort,
enlaza, teje los incansables caminos del mundo, cintas
infinitas, y encuentra nuevas formas de enlazarlas:
volantes, flores, escarapelas, frutas artificiales,
todas falsamente coloreadas, para los baratos
sombreros de invierno del destino.

Angel: si hubiera una plaza que no conociéramos, y ahí,
sobre una alfombra inefable, los amantes mostraran
aquéllas, las que aquí nunca lograron hacer posibles:
las audaces, altas figuras de los impulsos del corazón:
sus torres de placer, levantadas desde hace mucho,
donde nunca hubo suelo, solamente escalones
que se apoyan uno en otro, temblorosos -si pudieran
hacerlo, ante los espectadores en corro, entonces,
¿los innumerables muertos silenciosos, arrojarían
sus últimas, siempre ahorradas, siempre secretas,
desconocidas para nosotros, eternas monedas vigentes
de la felicidad, ante la pareja, por fin verdaderamente
sonriente, sobre la apaciguada alfombra?


La sexta elegía

Higuera: desde hace cuánto tiene sentido para mí
cómo omites las flores casi por completo,
y dentro del fruto tempranamente resuelto,

sin pompa alguna, encajas tu secreto puro.
Como el tubo de la fuente, tu curva rama impulsa
la savia hacia arriba y hacia abajo: y brota del sueño,
casi sin despertarse, a la dicha de su más dulce
resultado. Mira: como el dios en el cisne.
… Pero nosotros nos demoramos
ay, celebrándonos en el florecer, y ya delatados,
entramos en el meollo retrasado de nuestro fruto
perecedero. En algunos el impulso de la acción afluye
con tal fuerza, que ya se aprestan y arden
en la abundancia del corazón, cuando la seducción
de florecer, como suave viento nocturno, les roza
la juventud de la boca, los párpados:
son quizás los héroes y los destinados pronto para
el otro lado, aquéllos a quienes la muerte jardinera
les tuerce las venas de manera diferente.
Estos se arrojan hacia adelante: a su propia sonrisa
preceden, como el grupo de caballos en la imagen
suavemente moldeada en Karnak del rey victorioso.

Pues extrañamente cercano es el héroe a los jóvenes
muertos. La duración no lo estrecha. Su camino
ascendente es la existencia. Continuamente se remonta
y entra en la cambiada constelación de su constante
peligro. Ahí lo encontrarían unos cuantos. Pero
el destino, que nos oculta tenebrosamente, súbitamente
exaltado, lo canta, introduciéndolo en la tormenta
de su mundo rugiente. A nadie escucho como a él.
De un golpe me traspasa, con el aire en ráfagas, su tonada sombría.

Entonces, con qué gusto me escondería de la nostalgia:
Oh, si yo fuera, si fuera un muchacho, y pudiera
todavía llegar a serlo, y sentarme, apoyado
en brazos futuros, leyendo sobre Sansón,
cómo su madre parió primero nada, y luego todo.

¿No era ya héroe en ti, oh madre, no empezó
ya ahí, en ti, su elección soberana?
Miles fermentaban en el vientre y querían ser él,
pero mira: él cogió y escogió, eligió y pudo.
Y si derribó las columnas, ello ocurrió cuando irrumpió
fuera del mundo de tu cuerpo, en el mundo más estrecho,
donde siguió eligiendo y pudiendo. ¡Oh madres
de héroes! ¡Oh veneros de torrentes impetuosos!
Vuestros barrancos, en los que, desde lo alto del borde
del corazón, lamentándose, ya las muchachas
precipitadas, víctimas futuras para el hijo.
Pues cuando el héroe llegó atronando, a través
de las estaciones del amor, todo corazón que por él
latía lo alzó y lo alejó más de sí: ya apartado,
él permanecía de pie al final de las sonrisas, vuelto
otro.

 

Las Elegías de Duino, 1923, Rilke.

(La pintura corresponde a: “Familia de Saltimbanquis” de Pablo Picasso)

 

Primera y Segunda: https://loirremediable.wordpress.com/2020/03/23/elegias-de-duino-primera-y-segunda-rilke/

Tercera y Cuarta: https://loirremediable.wordpress.com/2020/03/24/elegias-de-duino-tercera-y-cuarta-rilke/

Séptima y Octava: https://loirremediable.wordpress.com/2020/03/26/elegias-de-duino-septima-y-octava-rilke/

Novena y Décima: https://loirremediable.wordpress.com/2020/03/27/elegias-de-duino-novena-y-decima-rilke-final/