Anna Ajmátova (23 de Junio de 1889 – 5 de Marzo de 1966) fue una notable poeta rusa. Nació en un pequeño pueblo cerca de Odessa (Bolshoi Fontán), y antes de cumplir el año, se transladó junto a su familia a Tsánstoye Seló en dónde pasó su infancia y juventud. En 1910, y en plena edad de plata en la literatura rusa, junto a Gumiliov, Mandelshtam y Corodestski, y a modo de combatir la poesía simbolista de la época, crean el acmeísmo, en el que buscan un lenguaje más concreto sobre la realidad del humano con la naturaleza adyacente. Luego, se verá la influencia que tuvo especialmente Pushkin en la poesía de Ajmátova, de la cuál fue posiblemente su más lúcida heredera.

Si bien, fue una escritora más bien de poesía, tuvo acercamiento a la prosa a través de escritos de tinte autobiográficos, en los cuales a través de una especie de diario evoca su infancia, la vida como poeta en la URSS y París, y los recuerdos de amigos y escritores de la época.

Publicó los siguientes libros de poesía:

  • La tarde (1912)
  • Cuentas (1914)
  • Bandada blanca (1917)
  • El llantén (1922)

Luego de veinte años sin publicar versos, escribió a modo de denuncia su poema «Requiem». Cómo un canto polifónico en que entremezcla la escena biblíbica de Maria y Jesus con la suya propia de su hijo encarcelado desde la visión de la poeta desdoblada y cercana a la locura. Un aullido bajo el manto blanco y gris de la harapienta y gélida Rusia de ese momento, en que sus amigos e hijo estaban privados de libertad; por ello, la resistencia y el amor.

En 1964, y en Italia, recibe el premio internacional de poesía. En 1965 es nombrada Doctor Honoris Causa por la Universidad de Oxford. En 1966 fallece de un infarto cerca de Moscú, para luego ser enterreada en Komarovo, cerca de su dacha en dónde pasó sus últimos años de vida.

A continuación les dejaré el Requiem, un par de poemas de recopilaciones y por último su escrito sobre Modigliani incluido en su trabajo en prosa.

Réquiem

Jamás busqué refugio bajo cielo extranjero,
ni amparo procuré bajo alas extrañas.
Junto a mi pueblo permanecí estos años,
donde la gente padeció su desdicha.

A MODO DE INTRODUCCIÓN
En los terribles años de la yezhovzbina pasé diecisiete meses en las filas frente a las
cárceles de Leningrado. Un día, alguien me reconoció. Entonces, una mujer de labios
morados que ocupaba su lugar detrás de mí y que, por supuesto, jamás había
escuchado mi nombre, pareció despertar del letargo en el que permanecíamos
sumidas y me preguntó al oído (porque allí todos hablaban en voz muy baja):
—¿Y usted podría describir esto?
Yo repuse:
—Sí, puedo.
Entonces una especie de sonrisa se deslizó por lo que alguna vez había sido su
rostro.
Leningrado, 1 de abril de 1957

DEDICATORIA
Ante esta inmensa desgracia los montes se doblegan
y dejan de correr los grandes ríos,
pero más fuertes aún son los cerrojos de la cárcel,
que esconden los lechos de tablas
y la infinita tristeza.
Ya no sopla para ti la fresca brisa,
ni se enciende para ti el tierno ocaso.
Ya nada sabemos, somos siempre los mismos,
sólo escuchamos el odioso rechinar de los portones
y el retumbar de los soldados que marcan el paso.
Despertábamos temprano, como para la misa matutina,
y atravesábamos la capital totalmente salvaje.
Confluíamos en un punto, más inánimes que un muerto,
más opacos que el sol, más brumosos que el Neva,
pero la esperanza continuaba a lo lejos su canto.
¡La sentencia!… Y al instante saltaron las lágrimas,
y me hallé aislada del resto del mundo,
como si me arrancaran la vida que alberga el corazón,
o me hubieran lanzado de bruces contra el suelo.
Pero ella avanza… Solitaria… Vacila…
¿Dónde están hoy aquellas desconocidas con las
que compartí dos años de infortunio?
¿Qué formas adivinan en la ventisca siberiana?
¿Qué imaginan ver en el círculo blanco de la luna?
A todas ellas envío mi último adiós.

INTRODUCCIÓN
Esto sucedió en tiempos en que sólo los muertos sonreían,
alegres por haber hallado al fin reposo,
y como un apéndice inútil, Leningrado colgaba
del portón de sus cárceles, mecido por el viento.
En tiempos en que, enloquecidos de dolor,
desfilaban al paso columnas de condenados
mientras las locomotoras lanzaban al aire
su breve canción de despedida…
Estrellas de muerte planeaban en lo alto,
y la inocente Rusia se retorcía
bajo las botas ensangrentadas,
y bajo las ruedas de los furgones celulares.

1
Te llevaron al amanecer,
fui tras de ti como quien despide un cadáver.
Lloraban los niños en la estancia oscura
y humeaba la vela bajo el icono.
No podré olvidar el frío de tus labios
y el sudor mortal en tu frente.
Como la mujer de los strelzi
aullaré a los pies del Kremlin.

2
Fluye sereno el apacible Don,
entra en la casa una luna amarilla.
Entra alegre, con la gorra ladeada,
la luna, y ve una sombra.
Esta mujer padece de tristeza,
esta mujer se siente sola.
Su esposo yace en la tumba,
y su hijo está en la prisión. Recen por ella.

3
No, no soy yo, es otra la que sufre,
yo no podría sufrir tanto. Dejen
que un negro manto cubra lo ocurrido,
y que retiren las linternas…
Cae la noche.

4
Si a ti, la joven frívola y sarcástica,
la niña mimada de todos sus amigos,
la alegre pecadora del Tsárskoye Seló,
te hubieran dicho cuánto
habrías de sufrir en esta vida:
cómo, la número trescientos, esperarías
con tu hatillo a los pies de Las Cruces;
y cómo tu lágrima ardiente quemaría
de parte a parte el hielo de año nuevo…
En el patio de la cárcel se mece un álamo,
nada se escucha, ni un solo murmullo. ¿Cuántas vidas
inocentes no se estarán consumiendo allí?

5
Hace diecisiete meses que grito
llamándote a casa.
Me he arrojado a los pies del verdugo,
por ti, hijo mío, horror mío.
Todo ha perdido sus contornos,
y ya soy incapaz de distinguir
a la fiera del hombre, al hombre de la fiera,
ni sé cuántos días faltan para la ejecución.
Me encuentro sola, rodeada de flores
polvorientas, del tintinear del incensario,
y de huellas que no conducen a ninguna parte.
Mientras me mira fijamente a los ojos
anunciándome la próxima muerte,
una estrella inmensa.

6
Ligeras vuelan las semanas,
y aún no sé cómo pudo ocurrir,
cómo, hijo mío, en la cárcel
las blancas noches te miraban,
como hoy vuelven a mirarte
con ojos de halcón afiebrado;
mientras te hablan de tu alta cruz
y de la muerte.

7
LA SENTENCIA

Y cayó la palabra de piedra
sobre mi pecho, aún con vida.
No es nada, siempre supe que así sería,
sabré enfrentarlo de la mejor manera.
Son muchas las cosas que aún debo hacer:
acabar de matar la memoria,
procurar que mi alma se vuelva de piedra,
y aprender de nuevo a vivir.
Y si no… El cálido susurro del verano
semeja una fiesta bajo mi ventana.
Hace tiempo ya lo había presentido:
este diáfano día y esta casa vacía.

8
A LA MUERTE

Ya sé que vendrás, ¿por qué mejor no ahora?
Espero tu llegada mientras llora mi alma.
Apagué la luz y abrí de par en par la puerta
para que pudieras entrar, tú, tan simple y tan extraña.
Asume para esto el aspecto que quieras,
irrumpe como un proyectil envenenado,
o golpea silenciosa, como un bandido experto,
o mátame con el veneno del delirante tifus.
O llega con ese cuento, que tú misma inventaste
y que ya todos conocemos hasta la náusea —
en ese que descubro la gorra azul del gendarme
y detrás al conserje, pálido de muerte.
Hoy ya me da igual. Sobre el Yenisei se arremolina
la niebla. Fulgura imponente la estrella polar.
Y el más cruel de los espantos nubla
el brillo azul de los ojos que amo.

9
Ya el ala de la locura
ha cubierto la mitad de mi alma,
me da a beber su vino de fuego,
y me llama a su valle tan negro.
Comprendí entonces que ella
había conseguido la victoria,
que debía escucharla como quien
presta oídos a un delirio ajeno.
Y que no me dejaría
llevarme nada conmigo
por más que le pidiera,
o la cansara con mis ruegos:
ni el espanto en los ojos de mi hijo:
su sufrimiento vuelto piedra;
ni el día en que estalló la tormenta,
ni nuestra corta entrevista en la prisión.
Ni el amable frescor de sus manos,
ni la sombra temblorosa de los tilos,
ni aquel distante y levísimo rumor
de las palabras, el último consuelo.

10
CRUCIFIXIÓN

No llores por mí, Madre,
yo yazgo en la tumba.
I
Un coro de ángeles cantaba el gran advenimiento
y los cielos llameaban como fuego fundido.
Al Padre dijo: «¿Por qué me has abandonado?».
Y a la madre: «Oh, no llores por mí…».
II
Se debatía y lloraba Magdalena,
su discípulo predilecto se había vuelto de piedra.
Pero a donde la Madre sufría en silencio,
nadie osó levantar los ojos.

EPÍLOGO
I

Aprendí cómo puede deshojarse un rostro
cómo entre los párpados asoma el espanto,
y el sufrimiento va grabando las mejillas,
como tablillas de escritura cuneiforme.
Cómo bucles que fueron castaños o negros
se tornan plateados al paso de una noche,
y se marchita la risa en los labios sumisos
y en la seca sonrisa vemos temblar el miedo…
No sólo por mí elevo esta plegaria,
sino por todos aquellos que a mi lado
soportaron el frío atroz y el bochorno de julio,
a los pies de aquella pared roja y ciega.

que también me recuerden como yo a ellas hoy
en vísperas del Día de Muertos.
Y si algún día en este país
deciden erigirme un monumento,
consiento en recibir tal homenaje
pero con esta condición:
no erigirlo junto al mar, en mi ciudad natal,
pues he roto el último lazo que me ataba a él,
ni en el jardín imperial, junto al tocón querido,
donde aún vaga y me busca sin consuelo una sombra.
Sino aquí, donde aguardé trescientas horas
y donde este portón jamás abrió sus hojas.
Porque hasta en la misma ventura de la muerte
temo olvidar el fragor de los negros furgones;
o el rechinar del odioso portón
y a la anciana que aullaba como una fiera herida.
Para que por mis párpados de bronce
la nieve del deshielo fluya como lágrimas.
Y la paloma de la cárcel arrulle en el cielo
y en silencio los barcos naveguen por el Neva.


LA TIERRA NATAL


No hay en este mundo gentes menos dadas al llanto,
más altivas y a la vez más simples que nosotros.
1922


No la llevamos en escapularios sobre el pecho,
ni le componemos versos a lágrima viva.
Tampoco altera nuestro amargo sueño
ni la soñamos como un paraíso prometido.
En nuestra alma no la hacemos
objeto de compra y venta.
Enfermos, en la desgracia, viviendo en la indigencia
ni siquiera acude a nuestra mente.
Y sí, para nosotros es el lodo que nos cubre los chanclos,
sí, es también la arena que cruje en los dientes.
Y molemos, y aplastamos y hacemos pedazos
esa tierra en nada culpable.
Pero nos ponen a yacer en ella y también nosotros
nos volvemos tierra,
que por eso, con toda libertad, llamamos nuestra.


Fragmento de Poema sin héroe

CAPÍTULO TERCERO

Y bajo el arco de la calle de las Galeras…A. Ajmátova
En Petersburgo nos encontraremos de nuevo O. Mandelstam
Era el último año…M. Lozinski   

   
     Petersburgo 1913. Digresión lírica. El último recuerdo de Zárskoe Seló 

Las hogueras calentaban las Navidades
Y caían de los puentes las calesas
y toda la ciudad en duelo flotaba
hacia un destino desconocido
por el Neva o a contracorriente,
sólo para huir de sus tumbas.
En la calle de las Galeras ennegreció el arco,
en el Jardín de Verano cantaban sutiles las veletas,
y la plateada luna creciente
iluminaba la Edad de Plata.
Porque por todos los caminos,
porque por todos los umbrales,
avanzaba lentamente una sombra.
El viento arrancaba los carteles
,
bailaba el humo la Prisiadka en los tejados

y las lilas olían a cementerio.
Maldita por la zarina Avdotia
,
dostoievskiana y endemoniada
,
la ciudad se sumergía en su bruma.
y de nuevo de la oscuridad emergía
un viejo y ocioso Petersburgo.
Como en una ejecución redoblaba un tambor
y siempre en el siniestro y lúbrico
bochorno glacial de la preguerra
acechaba un rumor incomprensible
y entonces se oía en sordina,
apenas llegaba al oído,
y se hundía en el Neva helado
como en el espejo de una noche espantosa,
se enfurece y no quiere
reconocerse la persona.
Pero por el muelle legendario
se acercaba el siglo XX,
no el del calendario, sino el auténtico.
Y ahora, a casa, rápido,
por la Galería Cameron
en el jardín helado y misterioso
donde callan las cascadas
donde las nueve me acogerán,
como tú antes, con alegría.
Allí, detrás de la isla y del jardín,
¿acaso no cruzamos con la mirada
nuestros claros ojos de antaño?
¿Acaso no me dirás de nuevo
la palabra
que venció
a la muerte
y que es la clave del enigma de mi vida?


Retrato de Modigliani a Ajmátova

Amedeo Modigliani


Creo mucho a aquellos que no lo describen tal como yo lo conocí, y les diré por qué.
En primer lugar, yo sólo podía conocer cierto lado de su yo (resplandeciente),
simplemente era una ajena y, quizá, también una veintiañera incomprensible,
extranjera; en segundo lugar, yo misma noté en él un gran cambio cuando nos
volvimos a ver en 1911. Parecía haber oscurecido y adelgazado mucho.
En el año 1910 lo vi muy poco, sólo varias veces. Sin embargo, me escribió
durante todo el invierno. Pero no me confesó que componía versos.
Ahora me doy cuenta de que nada lo asombraba tanto como mi capacidad de
adivinar los pensamientos, ver los sueños ajenos y demás menudencias a las que mis
amigos se habían acostumbrado hacía mucho. No dejaba de repetir: «On
communique». Decía con frecuencia: «Il n’y a que vous pour réaliser cela».
Posiblemente ninguno de los dos entendíamos algo fundamental: todo lo que nos
ocurría era para ambos la prehistoria de nuestras vidas: de la suya, muy corta, y de la
mía, muy larga. El aliento del arte todavía no nos había abrasado, no nos había
transformado: vivíamos esa hora ligera, clara, antes de amanecer. Pero el futuro, el
cual, como es sabido, suele lanzar su sombra mucho antes de hacer su aparición,
llamaba a la ventana, se escondía tras los faroles, atravesaba los sueños e infundía
miedo con aquel horrible París baudeleriano, que se ocultaba por los alrededores. Y
todo lo divino en Modigliani resplandecía como a través de unas tinieblas. No se
parecía a nadie en este mundo. De alguna manera su voz se me grabó en la memoria.
Lo conocí cuando era un indigente, y no podía entender de qué vivía; como artista no
gozaba ni de una sombra de reconocimiento.
Entonces (en 1911), él vivía en Impasse Falguière. Era tan pobre que en el jardín
de Luxemburgo nos sentábamos en los bancos y no en las sillas de pago, como era lo
usual. En general no se quejaba ni de su patente necesidad, ni de su igual y evidente
falta de reconocimiento. Sólo una vez, en 1911, me dijo que el verano anterior se
había sentido tan mal, que no había podido ni pensar en lo más querido.
Me pareció rodeado de un compacto anillo de soledad. No recuerdo que saludase
a nadie en el jardín de Luxemburgo ni en el Barrio Latino, donde todos más o menos
se conocían. Jamás le escuché el nombre de un solo conocido ni de un artista. Jamás
lo vi borracho, y nunca olía a vino. Por lo visto, comenzó a beber más tarde, pero el

hachís ya figuraba de algún modo en lo que me contaba. Por lo visto, no tenía
ninguna amiga íntima por aquel entonces. Jamás contaba historias sobre
enamoramientos anteriores (algo que, lamentablemente, hacen todos). Conmigo
nunca hablaba de nada terrenal. Era cortés, pero esto no era resultado de una
educación casera, sino de un espíritu elevado.
Por aquella época hacía esculturas, trabajaba en un pequeño patio junto a su taller,
en el desierto callejón se oía el golpetear del mazo. De las paredes de su taller
colgaban retratos de un largo increíble (según creo recordar, del techo al suelo).
Nunca los he visto en reproducciones. ¿Se habrán conservado? Llamaba a su
escultura la chose, y fue expuesta, me parece, en los Indépendents de 1911. Me pidió
que fuera a verla, pero no se me acercó en la exposición porque yo no estaba sola, me
acompañaban unos amigos. En la época de mis grandes pérdidas también desapareció
la fotografía que me regaló de aquella escultura.
Por aquellos años, Modigliani había perdido la cabeza con Egipto. Me llevaba al
Louvre, a la salas egipcias, y afirmaba que todo lo demás, tout le reste, no merecía la
pena verlo. Dibujaba mi cabeza ataviada como una reina o bailarina egipcia y estaba
completamente cautivado por el gran arte de Egipto. Por lo visto, Egipto fue su
última pasión. Muy pronto se haría tan original, que a uno no le viene nada a la mente
cuando mira sus telas. Ahora, este período de Modigliani lo llaman période nègre.
Él decía «Les bijous doivent être sauvages» (en alusión a mis collares africanos),
y me pintaba ataviada con ellos.
Me llevaba a ver le vieux París derrière le Panthéon, por la noche, con luna.
Conocía bien la ciudad, pero de todos modos una vez nos perdimos. Me dijo: «J’ai
oublié qu’il y a une île au milieu». Fue él quien me enseñó el verdadero París.
Con relación a la Venus de Milo, decía que las mujeres bien proporcionadas, las
que vale la pena esculpir y pintar, siempre parecen torpes cuando están vestidas.
Cuando llovía (en París llueve a menudo), Modigliani salía con un enorme
paraguas negro, muy viejo. A veces nos sentábamos bajo ese paraguas en el banco del
jardín de Luxemburgo; caía una lluvia cálida de verano, cerca dormitaba le vieux
palais a l’italienne, y nosotros recitábamos a dos voces Verlaine, que yo me sabía de
memoria, alegres porque recordábamos los mismos poemas.
En cierta monografía americana leí que posiblemente Beatrice X. fue la mayor
influencia de Modigliani, aquella misma que lo llama perle et pourceau. Puedo y
estimo indispensable testificar que Amedeo ya era alguien igual de ilustrado muchos
años antes de conocer a Beatrice X., es decir, en el año 1910. Y es poco probable qu
una dama que llama cerdo a un gran pintor sea capaz de ilustrar a alguien.
El primer extranjero que vio en mi casa de la Fontanka mi retrato obra de
Modigliani en noviembre de 1945, me dijo sobre él algo que «no puedo ni recordar ni
olvidar», como dijo un célebre poeta, aunque refiriéndose a algo bien distinto. Las
personas mayores nos mostraban por qué sendero del jardín de Luxemburgo paseaba
Verlaine rodeado de una turba de seguidores desde «su café», donde a diario hacía gala de su amaneramiento, hasta «su restaurante» a almorzar. Pero en 1911 por aquel
sendero no paseaba Verlaine, sino un caballero alto con una impecable levita, tocado
con un cilindro, con una cinta de la Legión de Honor, y los transeúntes murmuraban:
¡Henri de Régnier!
A nosotros este nombre no nos decía nada. De Anatole France, Modigliani (al
igual, a propósito, que otros parisinos ilustrados) no quería ni oír hablar. Le alegrab
ver que a mí tampoco me gustaba. Y Verlaine, en el jardín de Luxemburgo, sólo
existía en forma de un monumento que fue desvelado ese mismo año. Sobre Hugo
Modigliani simplemente me dijo: «Mais Hugo c’est déclamatoire».
*
En cierta ocasión, por lo visto no nos entendimos bien, y, al llegar al taller de
Modigliani, no lo encontré y decidí esperarlo. Llevaba conmigo un ramo de rosas
rojas. Sobre la puerta cerrada del taller, una ventana estaba abierta. Y sin nada que
hacer, me puse a lanzar flores por aquella ventana hacia el interior del taller. Sin
aguardar el regreso de Modigliani, me fui.
Cuando nos encontramos quiso saber, asombrado, cómo yo había podido entrar
en la habitación si la llave la tenía él. Yo le expliqué lo que había ocurrido. «No
puede ser, estaban tan preciosamente dispuestas…»
A Modigliani le gustaba pasear por París de madrugada, y con frecuencia, al oír
sus pasos en el soñoliento silencio de la calle, yo me acercaba a la ventana y seguía
con la vista su sombra a través de las persianas, pasando lentamente bajo mi ventana
[…]
*
[…] Modigliani lamentaba mucho no poder entender mis versos, y sospechaba que
escondían cierta maravilla, aunque eran sólo mis primeros tímidos intentos (por
ejemplo, en Apollón, en 1911). De la pintura «apolínea» (como la que aparecía en la
revista El Mundo del Arte) Modigliani se reía abiertamente.
A mí me asombró que Modigliani encontrara bella a una persona francamente fea
e hiciera mucho hincapié en ello. Entonces pensé: «Seguramente él no ve las cosas
como los demás».
En cualquier caso, eso que en París llaman moda, adornando esta palabra con
bellos epítetos, Modigliani no solía notarlo.
Él me pintó no del natural, sino en su propia casa, y luego me regaló esos dibujos.
Eran dieciséis. Me pidió que los enmarcara y los colgara en mi casa del Tsárskoye
Seló. Se perdieron en esa misma casa en los primeros años de la revolución. Se salvó
aquel en el cual, en menor grado, se presentían sus futuros «desnudos»… De lo que más hablaba con él era de poesía. Ambos conocíamos mucho la francesa: Verlaine,
Laforgue, Mallarmé, Baudelaire.
Luego conocí a un pintor, Aleksandr Tishler, a quien, como a Modigliani, le
gustaba y entendía la poesía. ¡Algo muy raro entre los pintores!
Nunca me leyó a Dante. Quizá porque en aquel entonces todavía yo no sabía
italiano.
En cierta ocasión dijo: «J’ai oublié de vous dire que je suis juif». Que había
nacido cerca de Livorno, me lo dijo al momento, y también que tenía veinticuatro
años, aunque tenía veintiséis […]
*
En los años siguientes, cuando yo, segura de que una persona así no podía pasar
inadvertida, les preguntaba a los recién llegados de París sobre Modigliani, la
respuesta era la misma: «No lo conocemos, no hemos oído hablar de él».
Sólo una vez, N.S. Gumiliov, cuando por última vez viajamos a ver a nuestro hijo
a Bezhetsk (en mayo de 1918), y mencioné el nombre de Modigliani, lo llamó «un
monstruo ebrio» o algo por el estilo, y añadió que en París habían tenido un altercado
porque Gumiliov, en cierta reunión, hablaba en ruso, y Modigliani protestó. Y pensar
que a los dos les quedaban aproximadamente tres años de vida…
Modigliani despreciaba a los viajeros. Creía que los viajes son un sucedáneo de la
verdadera acción. Constantemente llevaba en el bolsillo Les chants de Maldoror, un
libro que entonces era una rareza bibliográfica. Contaba cómo había entrado en una
iglesia rusa, durante el servicio matutino de Pascua, para ver una procesión, porque le
gustaban las ceremonias fastuosas. Y cómo cierto señor, «por lo visto alguien muy
importante (seguramente de la embajada)», le besó y le dijo: «¡Cristo ha resucitado!»,
Modigliani, al parecer, no entendió bien el significado de aquello…
Durante mucho tiempo pensé que nunca oiría hablar de él… Y sin embargo llegué
a oír mucho…
*
A comienzos de la NEP, cuando yo era miembro de la dirección de la Unión de
Escritores, casi siempre nos reuníamos en el gabinete de Aleksandr Nikoláyevich
Tíjonov (en Leningrado, en la calle Mojovaya 36, editorial Literatura Universal).
Entonces se había restablecido el servicio postal con el extranjero, y Tíjonov recibía
muchos libros y revistas extranjeras. Alguien (durante la sesión) me pasó un ejempla
de una revista francesa de arte. La abrí y vi una fotografía de Modigliani… Una
crucecita… Un largo artículo, como una nota necrológica. Por él supe que era un gran
artista del siglo XX (creo recordar que lo comparaban con Boticelli), que sobre él ya había monografías en inglés y en italiano. Luego, en los años treinta, me habló mucho de él Ehrenburg, que le dedicó unos poemas en el libro Versos sobre las vísperas, y lo
conoció en París años después que yo. También leí sobre Modigliani en Karko, en el
libro De Montmartre al Barrio Latino, y una novela lamentable donde el autor lo
asociaba con Utrillo. Puedo asegurar con toda certeza que ese híbrido en nada se
parece al Modigliani de los años 1910 y 1911, y que lo que hizo ese autor pertenece a
los métodos prohibidos.
Recientemente, convirtieron a Modigliani en protagonista de un filme francés
bastante vulgar, Montparnasse 19. ¡Es algo muy amargo! ¡Me duele ver esas cosas!


Bólsbevo, 1958 – Moscú, 1964

(Requiem y otros escritos, 2000)


Espero les gustó y sirva para rescatar la figura de una gran poeta de nuestro pasado siglo XX, y por presencia, de nuestros días.

(La pintura de la entrada corresponde a «Retrato de Anna Ajmátova» del año 1914 por el pintor Nathan Altman)