Wislawa Szymborska (1923-2012) Fue una gran poeta polaca. Nació un 2 de Julio en lo que sería la actual ciudad de Kornik, Polonia, aunque prontamente se trasladaría junto su familia a Cracovia en dónde vivirá gran parte de su vida. En su juventud trabajó en el área de ferrocarriles (con lo que pudo evitar la deportación a Alemania en dónde iba a realizar trabajos forzados) y en la ilustración de un libro. Cursó primero estudios en Filología Polaca y luego en Sociología en la universidad Jagellónica, estudios que tuvo que dejar por problemas económicos. En la época universitaria es dónde publicó sus primeros poemas en revistas y periódicos polacos.

Se une al Partido Obrero Unificado en la década del cincuenta, pero a finales de esta misma década se desenmarca y termina tomando una posición crítica, especialmente luego de entrar en contacto con la revista Kultura en la que publicaban escritos de exiliados polacos. Hay que recordar que Polonia en el periodo de la segunda guerra mundial fue primero dominada por la Alemania Nazi, y al final de la guerra se impuso la hegemonía de la Unión Soviética, por lo que la autonomía del país fue mermada. Por ello en la poesía de Szymborska se puede apreciar un tono más intimista, tragicómico y que rehúye a los totalitarismos.

De versos cortos, su poesía a momentos se da como un especie de diálogo íntimo con la historia, las culturas y las cosas vivas e inertes. Así, en ocasiones encarna figuras de las historia y cuenta un relato a través de ellos desde un tono teatral. Grácil e irónica, su poesía también plantea preguntas desde la intuición y la reflexión sin caer en absolutismos; juega con los sucesos cotidianos con una profundidad y desenvolvimiento que nos lleva a considerarlos asuntos universales que atañen a la humanidad misma.

Algunos de sus libros publicados son:

  • Llamando al Yeti (1957)
  • Sal (1962)
  • Mil alegrías, un encanto (1967)
  • Si acaso (1975)
  • Gente en el puente (1986)
  • Fin y principio (1993)

Premios:

  • Ciudad de Cracovia (1954)
  • Fundación Jurzykowski (1964)
  • Zygmunt Kallenbach (1990)
  • Goethe de Frankfurt (1991)
  • Herder (1995)
  • Pen Club Polaco (1996)
  • Nobel de literatura (1996)

A continuación una selección de su poesía:


Antes nos sabíamos el mundo al azar

Antes nos sabíamos el mundo al azar:

era tan pequeño que cabía en un apretón de manos,

tan fácil que se podía describir con una sonrisa,

tan común como una plegaria el eco de las viejas verdades.

La historia nos saludaba con fanfarrias victoriosas:

en nuestros ojos entraba arena sucia.

Teníamos por delante caminos lejanos y ciegos,

pozos contaminados, pan amargo.

Nuestro botín de guerra es el conocimiento del mundo:

es tan grande que cabe en un apretón de manos,

tan difícil que se puede describir con una sonrisa,

tan extraño como una plegaria el eco de las viejas verdades.

1945


Nada dos veces

Nada sucede dos veces
ni va a suceder, por eso
sin experiencia nacemos,
sin rutina moriremos.

En esta escuela del mundo
ni siendo malos alumnos
repetiremos un año
un invierno, un verano.

No es el mismo ningún día,
no hay dos noches parecidas,
igual mirada en los ojos,
dos besos que se repitan.

Ayer mientras que tu nombre
pronunciaban en voz alta
sentí como si una rosa
cayera por la ventana.

Ahora que estamos juntos,
vuelvo la cara hacia el muro,
¿Rosa? ¿Cómo es la rosa?
¿Cómo una flor o una piedra?

Dime por qué, mala hora,
con miedo inútil te mezclas,
Eres y por eso pasas.
Pasas, por eso eres bella.

Medio abrazados, sonrientes,
buscaremos la cordura,
aun siendo tan diferentes
cual dos gotas de agua pura.

1957


Conmemoración

Se amaron entre avellanos,
bajo soles de rocío,
de hojas secas y tierra
se les llenó el cabello.

Corazón de golondrina,
ten piedad de ellos.

Se arrodillaron junto al lago,
se quitaron las hojas,
y los peces se acercaban
a la orilla como estrellas.

Corazón de golondrina,
ten piedad de ellos.

El reflejo de los árboles humeaba
en la diminuta ola.
Golondrina, haz que nunca
lo olviden.

Golondrina, espina de las nubes,
ancla del aire,
Ícaro mejorado,
frac en el séptimo cielo,
golondrina, caligrafía,
manecilla sin minutos
gótico temprano de pájaros,
estrabismo en los cielos,

golondrina, silencio agudo,
luto alegre,
aureola de los amantes,
ten piedad de ellos.

1957


Epitafio

Aquí yace, como la coma anticuada,
la autora de algunos versos. Descanso eterno
tuvo bien darle la tierra, a pesar de que la muerta
con los grupos literarios no se hablaba.
Aunque tampoco en su tumba encontró nada
mejor que una lechuza, jacintos y este treno.
Transeúnte, quita a tu electrónico cerebro la cubierta
y piensa un poco en el destino de Wislawa.

1962


Conversación con la piedra

Toco la puerta de la piedra.
-Soy yo, déjame entrar.
Quiero meterme en ti,
mirar alrededor,
tomarte como aliento.

-Vete- dice la piedra.
Estoy herméticamente cerrada.
Aún hechas pedazos
estaremos herméticamente cerradas.
Aun pulverizadas
no admitiremos a nadie.

Toco la puerta de la piedra.
-Soy yo, déjame entrar.
Vengo sólo por curiosa.
La vida es la única ocasión.
Quiero recorrer tu palacio
y luego visitar a la hoja y a la gota.
Tengo poco tiempo para todo.
Mi mortalidad debería conmoverte.

-Soy de piedra- dice la piedra-
y necesariamente debo conservar la solidez.
Vete de aquí.
No tengo músculos para la risa.
Toco la puerta de la piedra.
-Soy yo, déjame entrar.
He escuchado que hay en ti grandes e inhabitadas salas,
hermosas en vano, nunca vistas,
sordas, sin el eco de los pasos de nadie.
Confiesa que tú misma poco sabes de eso.

-Grandes e inhabitadas salas- dice la piedra-
pero no hay lugar en ellas.
Hermosas, tal vez, pero no para el gusto
de tus pobres sentidos.
Puedes reconocerme, pero no me conocerás nunca.
Dirijo hacia ti toda mi superficie,
interiormente permanezco de espaldas.

Toco la puerta de la piedra.
-Soy yo, déjame entrar
No busco en ti refugio eterno.
No soy infeliz.
No vivo en la calle.
Mi mundo vale el retorno.
Entraré y saldré con las manos vacías.
Y cómo prueba de que estuve de verdad allí,
no presentaré más que palabras,
a las que nadie da fe.

-No entrarás- dice la piedra.
Te falta el sentido de ser parte,
Ningún otro sentido sustituye al de ser parte.
Ni siquiera la vista agudizada hasta ver todo
te servirá de nada sin sentido de ser parte.
No entrarás, habrás si acaso presentido ese sentido,
estará en germen en ti, tendrás su imagen.

Toco la puerta de la piedra.
-Soy yo, déjame entrar.
No puedo esperar dos mil siglos
para estar bajo tu techo.

-Si no me crees -dice la piedra-
dirígete a la hoja y te dirá lo mismo.
A la gota de agua y te dirá lo que la hoja.
Pregúntale al final a un cabello de tu propia cabeza.
La risa me dilata, la risa, una risa enorme
con la que no sé reírme.

Toco la puerta de la piedra.
-Soy yo, déjame entrar.

-No tengo puerta -dice la piedra.

1962


La alegría de escribir

¿A dónde corre, a través del bosque escrito, esta
cierva escrita?
¿A beber del agua escrita
que copiará su hocico como papel carbón?
¿Por qué levanta la cabeza, habrá oído algo?
Apoyada en cuatro patas prestas por la verdad
por debajo de mis dedos aguza los oídos.
Silencio, esta palabra también susurra el papel
y retira
las ramas causadas por la palabra «bosque».

Sobre las hoja blanca acechan para saltar
letras que pueden combinarse mal,
frases que acosan
y ante las cuales no habrá salvación.

Hay una gota de tinta una reserva considerable
de cazadores que apuntan, con un ojo entrecerrado,
preparados para bajar por la empinada pluma,
para cerca la cierva, dispuestos a disparar.

Olvidan que esto no es la vida.
Aquí rigen otras leyes, negro sobre blanco.
Un abrir y cerrar de ojos durará tanto como yo desee,
permitirá ser dividido en pequeñas eternidades,
llenas de balas detenidas al vuelo.
Si lo ordeno, nunca sucederá nada aquí.
En contra de mi voluntad no caerá ni una hoja,
ni se doblará una briza de hierba bajo el peso de una pezuña.

¿Existe, pues, un mundo
sobre el que tengo un dominio absoluto?
¿Un tiempo que ato con cadenas de signos?
¿Una existencia infinita a mis órdenes?

La alegría de escribir.
La posibilidad de hacer perdurar.
La venganza de una mano mortal.

1967


Noticias del hospital

Echamos un volado para ver quién iba.
Me tocó a mí. Me levanté de la mesa.
Se acercaba ya la hora de visita.

No respondió a mi saludo.
Quise tomarlo de la mano, la quitó
como un perro hambriento que no suelta su hueso.

Parecía que le diera vergüenza morir.
No sé que se le dice a alguien como él.
Nuestras miradas se evitaban como en un fotomontaje.

No me pidió que me quedara ni que me fuera.
No preguntó por nadie de nuestra mesa.
Ni por ti Bolek, ni por ti Tolek, ni por ti Lolek.

Empezó a dolerme la cabeza, ¿Quién se le muere a quién?
Elogié la medicina y las tres lilas del vaso.
Le hablé del sol y me fui apagando.

Qué bien que hay escaleras para bajar corriendo.
Qué bien que hay una puerta que se abre.
Qué bien que me esperan en la mesa.

El olor a hospital me provoca náuseas.

1967


Si acaso

Podía ocurrir.
Tenía que ocurrir.
Ocurrió antes. Después.
Más cerca. Más lejos.
Ocurrió; no a ti.

Te salvaste porque fuiste el primero.
Te salvaste porque fuiste el último.
Porque estabas solo. Porque la gente.
Porque a la izqierda. Porque a la derecha.
Porque llovía. Porque había sombra.
Porque hacía sol.

Por fortuna había allí un bosque.
Por fortuna no había árboles.
Por fortuna una vía, un gancho, una viga, un freno,
un marco, una curva, un milímetro, un segundo.
Por fortuna una cuchilla nadaba en el agua.

Debido a, ya que, y en cambio, a pesar de.
Qué hubiera ocurrido si la mano, el pie,
a un paso, por un pelo,
por casualidad.

¿Ah, estás? ¿Directamente de un momento todavía
entreabierto?
¿La red tenía un solo punto, y tú a través de ese punto?
No dejo de asombrarme, de quedarme sin habla.
Escucha
cuán rápido me late tu corazón.

1972


Bajo una pequeña estrella

Que me disculpe la coincidencia por llamarla
necesidad.
Que me disculpe la necesidad,
si a pesar de ello me equivoco.
Que no se enoje la felicidad por considerarla mía.
Que me olviden los muertos
que apenas si brillan en la memoria.
Que me disculpe el tiempo por el mucho mundo pasado
por alto a cada segundo.
Que me disculpe mi viejo amor
por considerar al nuevo el primero.
Perdonadme, guerras lejanas,
por traer flores a casa.
Perdonadme, heridas abiertas,
por pincharme en el dedo.
Que me disculpen los que claman
desde el abismo el disco de un minué.
Que me disculpe la gente en las estaciones por el sueño
a las cinco de la mañana.
Perdóname, esperanza acosada, por reírme a veces.
Perdonadme, desiertos,
por no correr con una cuchara de agua.
Y tú gavilán, hace años el mismo, en esta misma jaula,
inmóvil mirando fijamente el mismo punto siempre,
absuélveme, aunque fueras un ave disecada.
Que me disculpe el árbol talado
por las cuatro patas de la mesa.
Que me disculpen las grandes preguntas
por las pequeñas respuestas.
Verdad, no me prestes demasiada atención.
Solemnidad, se magnánima conmigo.
Soporta, misterio de la existencia,
que arranque hilos de tu cola.
No me acuses, alma, de poseerte pocas veces.
Que me perdone todo por no poder estar en todas partes.
Que me perdonen todos por no saber ser cada uno de ellos,
cada una de ellas.
Sé que mientras viva nada me justifica
porque yo misma me lo impido.
Habla, no me tomes a mal que tome prestadas palabras
patéticas
y que me esfuerce después
para que parezcan ligeras.

1972


El gran número

Cuatro mil millones de seres en esta tierra
y mi imaginación sigue siendo la misma.
No se le dan bien los grandes números.
Le sigue conmoviendo lo individual.
Revolotea en la oscuridad como la luz de una linterna,
descubre sólo los rostros más cercanos;
mientras, el resto se pierde en un ciego descuido,
en un no-pensamiento, en el no-arrepentimiento.
Pero eso, ni el mismo Danto lo habrá impedido.
Y qué se va hacer si uno no lo es.
Y ni siquiera con todas las musas a mi lado.

Non omnis moriar,
preocupación prematura,
Pero ¿vivo del todo?,
¿bastará con eso?
Nunca ha bastado, y ahora tantos menos.
Escojo rechazando,
porque no hay otra forma,
pero lo que rechazo es más numeroso,
más denso, más insistente que nunca.
A costa de indescriptibles pérdidas,
un pequeño poema,
un suspiro.
A una llamada atronadora,
respondo con un susurro.
Cuánto callo, no lo diré nunca.
Ratón a los pies de la montaña madre.
La vida dura unos cuantos rasguños en la arena.

Mis sueños… ni siquiera ellos están,
como deberían estar,
poblados.
Hay más soledad en ellos
que muchedumbres y tumultos.
A veces se deja caer un instante
alguien muerto hace tiempo.
Una mano sola mueve la manija.
Alrededor de la casa vacía
crecen las dependencias del eco.
Desde el umbral voy bajando al valle
silencioso, aparentemente de nadie,
anacrónico ya.

De dónde sale aún ese espacio en mi;
no lo sé

1976


Sonrisas

El mundo confía más en lo que ve que en lo que escucha.
Los hombres de Estado tienen que sonreír.
Su sonrisa indica que mantienen el ánimo de lucha.
Aunque es difícil el juego, los intereses opuestos
e inseguro el resultado, siempre nos mueve a seguir
una sonrisa cordial sobre unos dientes bien puestos.

Con amabilidad deben mostrar la frente:
en el Parlamento, al llegar de visita.
Parecer alegres, moverse ágilmente.
Éste saluda a aquél, aquél al otro felicita.
Muy necesario es un rostro sonriente,
para los objetivos, para reunir mucha gente.

La ortodoncia en diplomacia
es garantía de eficacia.
Bienintencionados colmillos, concordantes incisivos,
que no pueden fallar en momentos decisivos.
Aún no es tanta en estos tiempos la certeza
como para que los rostros muestren su natural tristeza.

Una humanidad de hermanos, de acuerdo con los soñadores,
transformará nuestra tierra en un mundo de sonrisas.
Yo, la verdad, lo dudo. Imaginemos mejor que esos señores
ya no tendrán que sonreír en vano.
Sólo de vez en cuando: en primavera, en verano,
sin contracciones nerviosas, sin prisas.
Es triste por naturaleza el ser humano.
A un ser así espero y me alegro de antemano.

1976


La cebolla

La cebolla es otra cosa.
Ni siquiera tiene entrañas.
Es cebolla enteramente,
al más cebolloso grado.
Por fuera tan cebolluda,
cebollina de raíz,
puede escrutarse por dentro
sin ningún remordimiento.

En nosotros todo extraño,
apenas de piel cubiertos,
y una anatomía violenta,
terror de la medicina,
y en la cebolla, cebolla
y no intestinos torcidos.
Desnuda repetidamente
y similar hasta el fin.

Un ser sin contradicciones,
criatura muy bien lograda.
En una cebolla hay otra,
en la grande una pequeña
y así, sucesivamente,
una tercera, una cuarta.
Una centrípeta fuga.
Un eco cantado a coro.
A la cebolla la entiendo:
el mejor vientre del mundo.
Sola se rodea de aureolas
y para su propia floria.
Nosotros: grasas y nervios.
Secreciones y secretos.
Y se nos ha denegado
la idiotez de lo perfecto.

1976


Miedo escénico

Poetas y escritores.
Porque así como se dice.
Los poetas entonces no son escritores, sino qué.

Al poeta la poesía, al escritor la prosa.

En la prosa puede haber de todo, hasta poesía,
en la poesía tiene que haber sólo poesía.

Según el cartel que la anuncia
con una enorme P de trazos modernistas,
inscrita en las cuerdas de una lira alada,
tendría yo que volar y no entraar caminando.

¿Y no sería mejor descalza
que con estos zapatos de oferta,
sustituyendo torpemente a un ángel
entre taconeos y chirridos?

Si al menos fuera más larga mi falda, con más vuelo,
y si no sacara los poemas de mi bolsa sino de la manga,
fiesta, desfile, gran ocasión,
pim pam pum,
ab ab ba.

Allá en el escenario acecha una mesita
un tanto espiritista y con patas doradas,
y sobre la mesita humea un candelabro.

De eso se desprende
que tendré que leer a la luz de las velas
Lo que escribí a la luz de un simple foco,
tac tac tac a máquina.

Sin preocuparme de antemano
si esto es poesía
y qué tipo de poesía,

de esa en la que la prosa está mal vista,
o de esa que es bien vista en prosa.

Pero cuál es la diferencia,
si sólo se aprecia en la penumbra
sobre un fondo de cortinas rojas
con flecos morados.

1986


Vista con grano de arena

Lo llamaremos grano de arena.
Y él a sí mismo ni grano ni arena.
Prescinde del nombre
general, individual,
efímero, perenne,
erróneo o adecuado.

De nada le sirve nuestra mirada, el tacto.
No se siente ni visto ni tocado.
Y que haya caído sobre el allféizar de la ventana
es nuestra aventura, no la suya.
Para él, es lo mismo que caer en cualquier cosa,
sin la seguridad de haber caído ya,
O de seguir cayendo. No se siente ni visto ni tocado. Y que haya caído sobre el alféizar de la ventana es nuestra aventura, no la suya. Para él, es lo mismo que caer en cualquier cosa, sin la seguridad de haber caído ya, o de seguir cayendo.

Desde la ventana hay una hermosa vista del lago,
pero esa vista no se ve a sí misma.
Incolora e informe,
atónita, inodora
e indolora está en este momento.

El fondo sin fondo del lago
y las desorilladas orillas.
Ni mojada ni seca su agua.
Ni singulares ni plurales las olas
que susurran, sordas a su propio susurro,
alrededor de ni pequeñas ni grandes piedras.

Y todo esto bajo un cielo por naturaleza aceleste,
en el que se pone el sol sin ponerse en absoluto
y se esconde sin esconderse tras una no sabedora nube.
El viento la sacude sin ningún otro motivo
que el de soplar.

Pasa un segundo.
Otro segundo.
Un tercer segundo.
Pero son sólo nuestros esos tres segundos.

El tiempo pasó corriendo como un mensajero con una noticia
urgente.
Pero es sólo nuestra esa comparación.
Personaje inventado, falsas prisas,
inhumana noticia.

1986


El ocaso del siglo

Nuestro siglo xx iba a ser mejor que los pasados.
Ya no podrá demostrarlo,
tiene los años contados,
titubeante el paso,
fatigada la respiración.

Ya han sucedido demasiadas cosas
que no debían haber pasado
Y lo que tenía que pasar
no ha pasado.

Teníamos que estar, entre otras cosas,
ante la primavera y la felicidad.

El miedo tenía que dejar las montañas y los valles.
La verdad, antes que la mentira,
tenía que llegar a la meta.

Ciertas desgracias no iban
a suceder más:
por ejemplo, la guerra
y el hambre, y tantas otras.

Se iba a valorar
la indefensión de los indefensos,
la confianza y ese tipo de cosas.
Quien quisiera alegrarse del mundo
se encuentra ahora
ante una misión imposible.

La estupidez no es graciosa.
La sabiduría no es alegre.

La esperanza
ya no es, por desgracia, esa muchacha joven,
etcéteras.

Dios iba al fin a creer en un hombre
bueno y fuerte,
pero el bueno y fuerte
siguen siendo dos hombres diferentes.

Cómo vivir, me preguntó en una carta alguien
a quien yo tenía la intención de preguntarle
lo mismo.

Una vez más y como siempre,
como se ve más arriba,
no hay preguntas más urgentes
que las preguntas ingenuas.

1986


Posibilidades

Prefiero el cine.
Prefiero los gatos.
Prefiero los robles a orillas del Warta.
Prefiero a Dickens que a Dostoievski.
Prefiero que me guste la gente
a amar la humanidad.
Prefiero tener a mano hilo y aguja.
Prefiero no afirmar
que la razón es la culpable de todo.
Prefiero las excepciones.
Prefiero salir antes.
Prefiero hablar de otra cosa con los médicos.
Prefiero las viejas ilustraciones a rayas.
Prefiero lo ridículo de escribir poemas
a lo ridículo de no escribirlos.
Prefiero en el amor los aniversarios no exactos
que se celebren todos los días.
Prefiero a los moralistas
que no me prometen nada.
Prefiero la bondad astuta que la demasiado crédula.
Prefiero la tierra vestida de civil.
Prefiero los países conquistados a los conquistadores.
Prefiero tener reservas.
Prefiero el infierno del caos al infierno del orden:

prefiero los cuentos de Grimm a las primeras planas del periódico.
Prefiero las hojas sin flores a la flor sin hojas.
Prefiero los perros con la cola sin corrtar.
Prefiero los ojos claros porque los tengo oscujros.
Prefiero los cajomes.
Prefiero muchas cosas que aquí no he mencionado
a mcuchas otras tampoco mencionadas
Prefiero el cero solo
al que hace cola en una cifra.
Prefiero el tiempo insectial al estelar.
Prefiero tocar madera.
Perfiero no preguntar cuánto me queda y cuándo.
Prefiero tomar en cuenta incluso la posibilidad
de que el ser tiene su razón.

1986


Gente en el puente

Extraño este planeta y extraña en él la gente.
Acatan el tiempo, pero no lo reconocen.
Tienen maneras de expresar su desacuerdo.
Producen, por ejemplo, escenas como ésta:

Nada especial en un primer momento.
Se ve agua.
Se ve una orilla del agua.
Se ve contra corriente avanzar una barca.
Se ve un puente sobre el agua y se ve en él a la gente.
Se ve muy bien como la gente apura el paso,
pues, en ese instante, desde una nube negra
comienza a azotar la lluvia.

La cosa es que después no pasa nada.
La nube no cambia ni de color ni de forma.
La lluvia ni es más intensa ni cede.
La barca navega sin moverse.
La gente en el puente corre
exactamente ahí donde corría.

Difícil no hacer un comentario:
ésta no es para nada una imagen inocente.
Aquí fue detenido el tiempo.
Dejaron de considerarse sus leyes.
Se le privó de influencia en la evolución de los hechos.
Fue desdeñado y ofendido.

Por culpa de un rebelde,
un tal Hiroshige Utagawa
(ser que, por lo demás,
Hace mucho y como corresponde ha transcurrido),
el tiempo tropezó y cayó de bruces.

Tal vez se trate de una broma sin mayor significado,
una travesura a escala de apenas un par de galaxias,
por si acaso, sin embargo,
agreguemos lo siguiente:

Es aquí de buen tono
apreciar mucho esta escena,
maravillarse con ella y conmoverse por generaciones.

Hay algunos a quienes ni siquiera eso les basta.
Oyen incluso el rumor de la lluvia,
sienten el frío de las gotas en la nuca y en la espalda,
miran el puente y a la gente,
como si se vieran a sí mismos
en esa misma carrera interminable,
en ese camino sin fin recorrer eternamente,
y creen, en su osadía,
que así es en realidad.

1986


El cielo

Por ahí habría que haber empezado: El Cielo
Ventana sin alféizar, sin marco, sin cristales.
Un hueco y nada más que un hueco,
pero abierto de par en par.

No tengo que esperar una noche clara
ni levantar la cabeza
para mirar el cielo.
Lo tengo a mis espaldas, a la mano, en los párpados.
El cielo me envuelve por completo
y me eleva.

Ni las montañas más altas
están más cerca del cielo
que los valles más profundos.
En ningún lado hay más cielo
Tan brutalmente oprimida por el cielo
está la nube como la tumba.
Tan en las nibes está el topo obnibulado
como la lechuza que agita sus alas.
Aquello que cae al abismo
cae del cielo al cielo.

áridas, fluidas, rocosas,
inflamadas y volátiles
extensiones de cielo, migajas de cielo,
bocanadas y montones de cielo.
El cielo está omnipresente
hasta en la oscuridad bajo la piel.

Como cielo, defeco cielo.
Soy una trampa en la trampa,
un habitante habitado,
soy un abrazo abrazado,
Una pregunta en respueta a una pregunta.

Dividirlo en cielo y tierra
no es la manera adecuada
de pensar en este todo.
Tan sólo permite vivir
en una dirección más exacta,
más rápida de encontrar
En caso de que me busquen.
Mis señas particulares
son el éxtasis y la desesperación.

1993


Fin y principio

Después de cada guerra
alguien tiene que limpiar.
No se van a ordenar solas las cosas,
digo yo.

Alguien debe echar los escombros
a la cuneta
para que puedan pasar
los carros llenos de cadáveres.

Alguien debe meterse
entre el barro, las cenizzas,
los muelles de los sofás,
las astillas de cristal
y los trapos sangrientos.

Alguien tiene que arrastrar una viga
para apuntalar un muro,
alguien poner un vidrio en la ventana
y la puerta en sus goznes.

Eso de fotogénico tiene poco
y requiere años.
Todas las cámaras se han ido ya
a otra guerra.
A reconstruir puentes
y estaciones de nuevo.
Las mangas quedarán hechas jirones
de tanto arremangarse.

Alguien con la escoba en las manos
recordará todavía cómo fue
Alguien escuchará
asintiendo con la cabeza en su sitio.
Pero a su alrededor
empezará a haber algunos
a quienes les aburra.

Todavía habrá quien a veces
encuentre entre hierbbajos
argumentos mordidos por la herumbre,
y los lleve al montón de basura.

Aquellos que sabían
de qué iba aquí la cosa
tendrán que dejar su lugar
a los que saben poco.
Y menos que poco.
E incluso prácticamente nada.

En la hierba que cubra
causas y consecuencias
seguro que habrá alguien tumbado,
con una espiga entre los dientes,
mirando las nubes.

1993


Un gato en un piso vacío

Morir, eso no se le hace a un gato.
Porque qué puede hacer un gato
en un piso vaci´ío.
Trepar por las paredes.
Restregarse entre los muebles.
Parece que nada ha cambiado
y, sin embargo, ha cambiado.
Que nada se ha movido,
pero está descolocado.
Y por la noche la lámpara ya no se enciende.

Se oyen pasos en la escalera,
pero no son ésos.
La mano que pone el pescado en el plato
tampoco es aquella que lo ponía.

Hay algo aquí que no empieza
a la hora de siempre.
Hay algo que no ocurre
como debería.

Aquí había alguien que estaba y estaba,
que derrepente se fue
e insistentemente no está.

Se ha buscado en todos los armarios.
Se ha recorrido la estantería.
Se ha husmeado debajo de la alfombra y se ha mirado.
Incluso se ha roto la prohibición
y se han desaprramado los papeles.
Aqué más se puede hacer.
Dormir y esperar.

Ya verá cuando regrese,
ya verá cuando aparezca.
Se va a enterar
de que eso no se le puede hacer a un gato.
Irá hacia él
como si no quisiera,
despacito,
con las patas muy ofendidas.
Y nada de maullidos al principio.

1993


Amor a primera vista

Ambos están convencidos
de que los ha unido un sentimiento repentino.
Es hermosa esa seguridad,
pero la inseguridad es más hermosa.

Imaginan que como antes no se conocían
no había sucedido nada entre ellos.
Pero ¿qué decir de las calles, las escaleras, los pasillos
en los que hace tiempo podrían haberse cruzado?

Me gustaría preguntarles
si no recuerdan
-quizás un encuentro frente a frente
alguna vez en una puerta giratoria,
o algún «lo siento»
o el sonido de «se ha equivocado» en el teléfono-,
pero conozco su respuesta.
No recuerdan.

Se sorprenderían
de saber que ya hace mucho tiempo
que la casualidad juega con ellos,

una casualidad no del todo preparada
para convertirse en su destino,
que los acercaba y alejaba,
que se interponía en su camino
y que conteniendo la risa
se apartaba a un lado.

Hubo signos, señales,
pero qué hacer si no eran comprensibles.
¿No habrá revoloteado
una hoja de un hombro a otro
hace tres años
o incluso el último martes?

Hubo algo perdido y encontrado.
Quien sabe si alguna pelota
en los matorrales de la infancia.

Hubo picaportes y timbres
en los que un tacto se sobrepuso a otro tacto.
Maletas, una junto a otra, una consigna.
Quizá una cierta noche el mismo sueño
desaparecido inmediatamente después de despertar.
Todo pricipio
no es más que una continuación,
y el libro de los acontecimientos
se encuentra siempre abierto a la mitad.

1993


Baile

Mientras no sepa aún algo seguro,
pues no nos llegan aún señales,

mientras la Tierra siga siendo diferente
a los planetas hasta ahora cercanos y lejanos,

mientras no se diga ni se escuche nada
sobre otras hierbas honradas por el viento,
sobre otros árboles ceñidos por coronas,
sobre otros animales comprobados como aquí,

mientras no haya un eco, además del nativo,
que sea capaz de entrecortar palabras,

mientras no haya noticia
de peores o mejores mozarts,
edisons, platones,

mientras nuestros crímenes
puedan rivalizar sólo entre si,

mientras nuestra bondad
sigue sin parecerse a nada
y siendo excepcional hasta en su imperfección,

mientras nuestras cabezas llenas de ilusiones
se consideren las únicas cabezas llenas de ilusiones.

mientras sólo desde la bóveda de nuestras bocas
pueda ponerse un grito en el cielo,

sintámonos huéspedes de este refugio,
distinguidos y extraordinarios,
bailemos al son de la banda local
y hagamos como si éste fuera
el baile de los bailes.

No sé si para otros,
para mí esto es del todo suficiene
para ser feliz e infeliz:

un rincón modesto,
en el que las estrellas
den las buenas noches
y hacia el que parpadean
sin ningún significado


¿Qué les pareció?

(Los poemas fueron transcritos a mano desde el libro Wislawa Szymborska: Poesía no completa, 2017, Fondo de Cultura Económica)

(La pintura de la entrada corresponde a «El puente Ohashi en Atake bajo una lluvia repentina» de Utagawa Hiroshige)